Puntos desde el Banco

Si había pasado ya la segunda hora de programa y entraba la voz del narrador de Anoeta, la emoción que dirigía el vibrante carrusel radiofónico de los domingos perdía una pizca de intensidad. A fin de cuentas, todos los oyentes ya sabíamos qué había pasado: Óscar de Paula había marcado otra vez un gol saliendo desde el banquillo.

Al delantero de la Real Sociedad “Los Planetas” nunca le dedicaron una canción, quizás porque los suyos prácticamente nunca eran goles increíbles, pero su figura sí quedó en el imaginario del fútbol español como la de un punta que se quedaba corto para jugar como titular pero que como suplente siempre sumaba. Algo que, claro, casaba perfectamente con la presencia de Darko Kovacevic.
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Quince años después, Anoeta ha recuperado esta figura tan particular con la llegada de Juanmi Jiménez al equipo de Eusebio Sacristán. El malagueño, tras un olvidable paso por la Premier, ya demostró la temporada pasada que es un delantero de colmillo afilado. Un jugador que tiene olfato para relacionar todo lo que le ocurre alrededor suya con la posibilidad de marcar gol. Sabe moverse, tiene intuición en el área, calidad en espacios reducidos, define muy bien… Pero, al menos a día de hoy, da la sensación de que le faltan cosas para partir como titular. Su físico liviano y el hecho de que en el fútbol moderno muy pocos equipos jueguen con dos puntas, perdiéndose así el espacio para el segundo punta, le han relegado a una posición de la que quiere salir y del que la Real querría que nunca saliera. Porque on Willian José como ariete clave dentro del sistema, a Juanmi le han quedado dos opciones: la banda o la suplencia. Y en las dos está rindiendo de maravilla. A sus 11 goles del curso pasado (uno cada 166 minutos), ya hay que sumarle los dos que lleva esta temporada en apenas 90 minutos -el último de ellos dibujando una obra propia de Romario-.
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Unos datos que muestran cómo Juanmi es, sin duda, un argumento que acerca a la Real a sus objetivos europeos a pesar de no partir de inicio. Dejando a un lado el banquillo del Real Madrid, que aunque ya ha notado la ausencia de Morata sigue siendo cuestión aparte, son varios los conjuntos que cuentan con ciertos futbolistas propicios para cambiar el signo del partido entrando desde el banquillo. Además de Juanmi en la Real, están los casos de Ángel Correaen el Atlético y de Pablo Sarabia o Ben Yedder en el Sevilla. Un rol al que también se puede sumar Gerard Deulofeu tras el fichaje de Dembélé o Javier Ontiveros en Málaga. Todos ellos futbolistas con veneno, calidad y que, además, en estos momentos de su carrera parecen funcionar mejor entrando desde el banquillo, con el partido más desorganizado, que como titulares. Todos ellos una bendición, pero también un quebradero de cabeza, para sus entrenadores.
juanmi Jiménez: “Me encuentro muy bien, bastante cómodo. El año pasado igual no tuve los minutos que esperaba, o no fui tantas veces titular como hubiese deseado, pero en cada entrenamiento intento demostrar que puedo estar en el once y quiero aportar el mayor número de goles.

Errores que castigan

La andadura de Juan Carlos Unzué como entrenador del RC Celta de Vigo no ha arrancado de la mejor de las maneras posibles. Su equipo ya está logrando poner en práctica varios de los conceptos sobre los que debe estructurar su futuro, sobre todo en la salida de balón, pero continuamente se está encontrando con un problema que le está penalizando en exceso: los errores individuales atrás.
No es algo nuevo en Vigo. A pesar del gran trabajo de Berizzo a la hora de cuidar la competitividad individual y colectiva de todas las líneas, ya el año pasado este problema lastró sobremanera al Celta en Liga. Pero lo que está sucediendo esta temporada va más allá.
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Errores en salida (1-1 Real Sociedad o 1-0 Espanyol), problemas de marcaje (1-2 Real Sociedad o 1-1 Betis), despistes técnicos (1-3 Real Sociedad), falta de tensión (2-1 Betis) o, directamente, fallos que engloban varios de estos apartados, como el 1-1 del Geta ayer. Son demasiados, sobre todo por no estar vinculados de ninguna manera con lo que va sucediendo en el partido. Cierto es que los errores en salida son una consecuencia derivada del modelo, que se asume que es un peaje que todo equipo así debe pagar y que incluso va a restar en fases como en la primera parte del Espanyol, donde a pesar de tener un 63% de la posesión de balón el Celta fue muy dominado, pero el resto de problemas no responden más que a temas individuales de futbolistas que, en todo caso, tienden al error.
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Jonny Castro lleva dos temporadas sufriendo un cambio de perfil que en su caso parecía del todo natural. Gustavo Cabral, a pesar de ir ganando en experiencia, no ha ganado ni control sobre su juego ni control sobre los rivales. Andreu Fontàs, tras la lesión, siempre ha dejado a deber. Sergi Gómez siempre ha tenido como debe la falta de contundencia en ciertas acciones. Y Sergio Álvarezlleva más de dos temporadas con uno de los balances más negativos de la categoría por el exceso de fallos y, sobre todo, la falta de aciertos.
El partido de ayer dejaba, hasta el minuto 85, un bonito debate acerca de las diferencias entre el Celta de Pablo Hernández y el Celta de Daniel Wass, pero el tanto de Ángel Rodríguez volvió a poner el foco en las áreas. Mientras Maxi Gómez está consiguiendo convertir cada balón que se pasea por el área pequeña en un motivo de celebración para Balaídos, Sergio no está consiguiendo minimizar un problema endémico del que también es parte. Porque cada vez que un equipo pincha al Celta de Unzué, éste se desangra hasta cuando no hay ningún motivo futbolístico más para ello.
Dio una auténtica clase táctica que demuestra que o bien el equipo no está suficientemente trabajado, o el equipo no dispone de los elementos para jugar la táctica que se pretende o bien que los rivales saben como contrastar perfectamente este tipo de juego y que no disponemos aún de variantes de juego lo que enlaza con el primer punto. 

Sentie espero y Zidanne cambio todo

El Real Betis obtuvo una victoria en el Santiago Bernabéu de las que valen más de tres puntos. Por la manera en la que fue labrada, proporcionará a Quique Setién un crédito de cara a su vestuario que le permitirá trabajar en condiciones favorables sobre una materia prima dócil y deseosa de ser esculpida. El fútbol tiene estas cosas; el proyecto recibió su mayor refuerzo justo en el día donde menos pareció poder hacer. Zinedine Zidane, con dos cambios de efecto muy negativo sobre los suyos, dotó de sentido lo que durante los 70 minutos previos fue una apuesta de dudosa o baja competitividad.
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El Betis entró al campo como si su “gol” fuera sacar el balón jugado desde atrás. Todo parecía enfocado a ello y otorgaba al Madrid una iniciativa muy automática y sencilla: si los visitantes lograban su objetivo, se plantaban en campo contrario sin ventaja y esgrimían un ataque que hacía poco daño a Casemiro, Ramos y Varane; si fracasa en superar la media presión blanca, sufrían un ataque desde posiciones adelantadas que solían acabar exigiendo a Antonio Adán. El único peligro real de de los de Setién se producía tras salidas más directas donde la talla y el desgaste de Toni Sanabria y Fabián Ruíz dejaban la bola dividida y permitían atacar con espacio.
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En cualquier caso, la actuación del Madrid tampoco estaba siendo positiva. Su superioridad se basaba en el gran ejercicio expuesto por Sergio Ramos y Luka Modric, que superaban líneas con pases y conducciones y aumentaban la peligrosidad del Madrid. Ellos eran el ritmo. Por lo demás, la extrema ineficacia de Carvajal y Marcelo por los costados, la espesura e imprecisión de Isco y el hecho de que Cristiano y Bale se enfocaron sólo en el remate y estrecharon en exceso el frente ofensivo local, derivaban en un ataque previsible y carente de magia que entre el dominio aéreo de Feddal, Mandi y Javi García y la espectacular noche del portero Adán abortaban con relativa suficiencia.

Superado el descanso, Zidane re-ajustó determinados movimientos y el Real se hizo mucho más fluido y rítmico. La principal novedad radicaba en las rutinas de Cristiano y Bale, que se volvieron mucho más externas, re-fabricando espacios que metieron en el juego a empujones a Marcelo, Carvajal e Isco pese a que la inspiración no le había vuelto a ninguno de los tres. De ahí en adelante, los locales activaron los tres carriles, desbordaron al Betis y, sobre todo, le encerraron sin opción de salida -más allá de una descoordinación entre Marcelo y Ramos en una salida directa que dejó a Francis en semi-mano a mano frente a Keylor-. En esas, el gol -los goles- del Madrid parecían una cuestión de tiempo y el del Betis, algo harto improbable. Pero entonces, se lesionó Marcelo y a Zidane se le atragantó el remedio.

Inmerso en prisas impropias de una jornada 5, el entrenador francés no supo descifrar el reto de estar obligado a ganar, ir empatando y perder un recurso ofensivo de calidad, así que buscó una revolución táctica que permitiera desde la sorpresa compensar la pérdida que implicaría quitar a Marcelo del verde.

Lukita

Nunca habría podido imaginarme a un futbolista tan pequeño, tan poquita cosa, mandando tanto. Tenemos la falsa creencia de que, en el fútbol, la autoridad se mide por el tamaño y por el aspecto físico. Tendemos a despreciar la inteligencia. Consideramos que está sobrevalorada frente a físicos imponentes, extenuantes kilometradas recorridas por todo el ancho del terreno de juego y espaldas anchas y robustas para resistir el choque. Pero la inteligencia tiene más salidas que el poderío físico. Con el cerebro se sale de más situaciones comprometidas que con la pierna dura y el codo enhiesto. El abanico de soluciones es más profundo y no se limitan a, sencillamente, correr más que el rival.
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A Luka Modric los muy madridistas le llaman cariñosamente Lukita. Es su aspecto, aniñado, tierno y de mirada limpia e inocente lo que incita a la derivación apreciativa de su insigne apellido. También hay una fuerte componente afectiva, algo lógico y natural hacia el futbolista que coordina los designios del centro del campo de su equipo y con el que buena parte de la afición blanca se siente en deuda permanente. Pero Lukita es pequeño exclusivamente en tamaño. Porque Lukita gobierna como si midiera dos metros y pesara noventa kilos, como un Napoleón balcánico. Con su inteligencia táctica y su personalidad forjada en una infancia complicada suple de sobra la falta de envergadura y kilos. Se muestra despiadadamente autoritario sobre el césped. Roba, tirando de manual de la buena colocación, y asiste. Coordina y distribuye sin descanso por más trabajo que se le acumule en su parcela. En tardes como la de Barcelona, exhibiendo todo su compendio de virtudes, no necesita a Kroos a su vera. Ni siquiera al aclamado Casemiro en las labores de zapa. Él solo se basta y se sobra para cumplir con los compromisos de una posición sobrecargada de trabajo. No veía una cosa igual en las filas merengues desde Fernando Redondo. Aunque aquel sí gozaba de una planta majestuosa cercana al metro noventa y tenía los codos afilados como dagas.
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Doce años

Tras tres títulos en seis años, el madridismo pensaba que todo el monte era orégano. Que no habría equipo, por poderoso que fuese, que pudiera descabalgar al Madrid de aquella imparable ola que parecía haber cogido allá por el año 98. Y apareció una vieja conocida para recordar que Europa no era un parque infantil. Que en el viejo Delle Alpi las venganzas eran parte del acervo popular. Tras un prometedor 2-1 en la ida del Bernabéu (goles de Roberto Carlos y Ronaldo), la Juventus de Trezeguet, Del Piero y Nedvěd (que se perdería la posterior final por acumulación de amarillas) machacaba sin piedad los sueños madridistas de acercarse a la Décima. Perderían la final ante el Milan, en los penalties. La primera de Ancelotti.

Morientes. La eliminación madridista de la temporada 03/04 lleva el nombre propio del exdelantero blanco, entonces vistiendo la camiseta del Mónaco, posterior finalista del torneo. Un gol del de Sonseca en el Bernabéu, donde fue sonora e inocentemente ovacionado, y otro más en el Principado comenzaron a cimentar la oscura maldición del décimo título.

La temporada 04/05 abría una etapa muy negra en la historia reciente del madridismo en el continente, la de los seis años consecutivos cayendo en la eliminatoria de octavos de final. La primera fue de nuevo una pesadilla recurrente vestida de negro y blanco. Un imprevisible gol del uruguayo Zalayeta en el minuto 116 del partido para matar la historia.

Thierry Henry cabalgando desatado por la banda del Bernabéu. Un equipo que parecía un rival menor creciéndose ante un escenario impactante. La vieja y angosta ratonera de Highbury hizo el resto. Sobre el reducido tapete de Islington el Madrid de Ronaldo, Raúl, Beckham, Roberto Carlos y Zidane se ahogaba impotente bajo la emboscada gunner. El mejor ataque del mundo sucumbiendo a un truco muy viejo.

Un espectacular partido en la ida en el Bernabéu, de esos que se recuerdan durante años, permitió al Bayern salir vivo de Madrid gracias a un gol de van Bommel cuando el árbitro ya miraba su reloj. El gol más rápido de la historia de la Champions en la vuelta terminó de voltear la situación. Roberto Carlos dormido en los laureles y Roy Makaay sorprendiendo a toda Europa. El Bayern, otra vez.
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¿Quién podía imaginarse a la Roma eliminando al Madrid, una vez más en octavos? Probablemente ni el propio Spalletti. La guerra abierta en el Madrid de Schuster facilitó la tarea a un equipo valiente y decidido que se vio con fuerza de ir a por la eliminatoria ante la inoperancia blanca en el Bernabéu en el partido de vuelta. El 2-1 de Italia dio alas a los romanistas, que con un gol de Rodrigo Taddei lo pusieron todo patas arriba. Maquilló, en un intento de épica, Raúl, pero Vučinić destrozó esperanzas ya en el descuento. 1-2 en Madrid.

El gran año del chorreo. O lo que es lo mismo, del ridículo sobre el césped de Anfield. Eran años complicados en el Bernabéu, años de cambios traumáticos, de presidencias hilarantes y lenguaraces. Vicente Boluda, que había heredado el trono del caído Calderón, cometió la gravísima y torpe imprudencia de menospreciar al Liverpool. La historia de Anfield (4-0 en la vuelta) supuso un punto de inflexión radical.

Temporada 09/10. Aparece en escena un equipo que acabará convirtiéndose en un asiduo del Bernabéu. El Olympique de Lyon, que ya reinaba en Francia, sorprende al madridismo con un fútbol sólido y práctico. Sin artificios pero tremendamente efectivo. La desidia blanca y la aparente falta de gobierno de Pellegrini sobre el vestuario harían el resto. 1-1 en la vuelta del Bernabéu para hacer las maletas.
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Año I de la era Mourinho. El Madrid es, indudablemente, otro equipo. Ya no sucumbe en Europa ante equipos considerablemente inferiores como en años pasados. Esta vez va pasando rondas (Lyon, Tottenham)… hasta toparse con el perfeccionado Barça de Guardiola en la semifinal. Dos goles de Messi en la ida del Bernabéu (0-2) ponen la eliminatoria patas arriba. Nadie confía para la vuelta en Barcelona. Un partido muy cómodo para los azulgrana en la vuelta termina dejando a los madridistas en la primera de las tres semifinales de Mourinho.

El penalti de Sergio Ramos en el Bernabéu. Una eliminatoria maldita y de nuevo apeados por el Bayern, pese a que todo se puso bonito cuando Ronaldo ponía el 2-0 en la vuelta en el minuto 15 del partido, para voltear el 2-1 para los alemanes firmado en Múnich. La historia, como vimos, terminaría sirviendo al defensor blanco su merecida revancha ante Manuel Neuer.

La espectacular eliminatoria de semifinal ante el Borussia de Klopp. La exhibición de Robert Lewandowski, cuatro goles cuatro, en Dortmund y la angustia de la vuelta sobre el césped del Paseo de la Castellana. Un solo gol deja esta vez al madridismo con la miel en los labios. La tercera, y última, semifinal de José Mourinho. Para él, ‘un éxito‘.

Nadie, ni los más optimistas del lugar, auguraban una exhibición blanca como la del pasado martes en el Allianz. El 0-4 supone un golpe sobre la mesa y una demostración de poderío que se escapa del alcance de cualquier equipo europeo del momento. Nadie duda ya, de que el espectacular partido de los de Ancelotti en Múnich pasará a la historia del madridismo con todo merecimiento. Espera Lisboa. Espera el Atleti.
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Messi, el primero

Leo Messi resolvió su enésimo Clásico de la Liga en un momento tan inesperado que, tratándose de él, resultó del todo previsible. La última década del fútbol mundial se ha caracterizado por retorcer las leyes del juego hasta concluir una sentencia que jamás puede ignorarse: lo primero siempre es Él. Encontrar acomodo a Leo es más rentable para su entrenador que hallar la estabilidad de su colectivo; incordiar durante hora y media al “10” sale más a cuenta al técnico de su adversario que desatar el tope del potencial de sus chavales. De ahí que fuera tan ventajoso para el Barça visitar el Santiago Bernabéu con la piel de cordero. Aplicar la lógica se disfraza de tentación, y un análisis estrictamente racional anima a buscar a los azulgranas arriba y provocar que suceda el mayor número de cosas posibles, porque la sensación es que, ahora mismo, falla más que acierta. Pero no puede (o no debe) afrontarse con escepticismo la batalla contra un Dios demostrado; en el momento en el que se olvida el principal axioma de la religión esférica, el infierno quema cualquier paraíso. En el fútbol, lo primero es Leo Messi.
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No obstante, cabe reseñar que el párrafo de presentación no se escribe en base a lo de ayer, sino tras años de recopilación de datos. Si un analista se abstrae de la experiencia y se centra sólo en lo que ocurrió anoche desde las 20:45 hasta las 22:30, encontrará infinidad de motivos para justificar, o por lo menos entender, el planteamiento de Zinedine Zidane. Su Madrid salió con el chip más agresivo del que dispone pero también con el más desenfadado, hasta el punto de que, por primera vez en mucho tiempo, desentendió de labores defensivas a la BBC por completo, que es algo que no acontece prácticamente nunca, ya que a Gareth Bale lo implica en la defensa -formando el 4-4-2 sin balón- incluso cuando visita al colista de la tabla.

No fue el caso. Bale, Benzema y Ronaldo, que comenzaron el encuentro desplazados a la banda izquierda (¡los tres a la vez!), se quedaban arriba esperando abastecimiento mientras el triángulo de la medular -Casemiro, Modric, Kroos- presionaba casi hombre a hombre a Messi, Iniesta y Rakitic respectivamente. La presión, al involucrar sólo a tres jugadores de manera realmente activa y abarcar demasiados metros, parecía bastante deslavazada, pero en aquellos primeros minutos surtió efecto debido al pobre desempeño de los azulgranas, que apenas se sentían seguros tocando el balón, lentamente, en las inmediaciones de ter Stegen.
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Puede decirse que el Madrid no estaba convenciendo a casi nadie y que, sin embargo, si fuéramos unos recién llegados ignorantes de la existencia de Messi, habría convencido a la mayoría de que iba a ganar el envite sin sudar de más.

Pero pronto, el Barça entró en el partido aprovechando las ventajas que se le habían otorgado. La más clara estribaba en la soledad de Jordi Alba en el sector izquierdo. Al salir Zidane sin un extremo derecho ni nadie fijado en aquella zona, y al enfocar además a Modric a un trabajo específico sobre Iniesta, Alba se veía desmarcado jugada tras jugada y acababa recibiendo sin trabas los envíos de un ter Stegen estratégico, que amén de coleccionar paradas magníficas, articuló la salida desde atrás de los de Luis Enrique con bastante madurez y atino en la medición de riesgos. Así descubrieron los azulgranas que se podía cruzar la línea divisoria, en lo que fue el preámbulo del comienzo de la gran explosión: Leo Messi contra Carlos Henrique Casemiro.

El Siempre va a estar

La eliminatoria que enfrentó al Real Madrid frente al Bayern Munich puso de relieve que entre tanta calidad, y en temporadas tan largas donde los estados de forma varían, figuras menos protagonistas pueden serlo en un momento determinado. En el Bernabéu, Marcelo y Carvajal tocaron la pelota más que nadie en las filas blancas, convirtiendo las bandas en un permanente lugar de encuentro en el que apoyarse o desde donde desequilibrar. En concreto, la banda derecha del Real Madrid esta campaña tiene una historia que contar, que involucra a dos de los mejores futbolistas del plantel, Gareth Bale y Luka Modric, los cuales no pasan por su mejor momento. Para que eso no se haya notado tanto, un paso adelante. El de Daniel Carvajal, que en el día de hoy podría tener hasta cuatro compañeros diferentes.
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Debe puntualizarse el crecimiento que ha llevado a Carvajal a ser capaz de interpretar como escudero tanto como mostrar un talento ofensivo y defensivo de primer orden, tan constante como determinante en muchos lances del juego. Su conocimiento de la posición, su continuidad en el equipo y su competitividad, labrada con dos Copas de Europa, le sitúan como un integrante destacado de la versión más completa de su equipo, que hoy tendrá ante el Barcelona la posibilidad de acercarse a un nuevo título de Liga. Sin estar asegurada la presencia del crack galés en el ‘XI’ de Zidane, el acompañante en la derecha del lateral puede pasar por tres opciones.

Una de las principales virtudes de Carvajal, extensible a los grandes laterales de hoy en día, es entender el protagonismo, sea suyo o de alguien superior que se sitúa por delante de él. Así ha sido con Gareth Bale, quien en este curso, principalmente después de su lesión, ha ejercido de hombre relevante sin tener protagonismo ni iniciativa en el juego, quedando no solo aislado sino fijando y abriendo en banda derecha. Para Zidane, la altura ofensiva de su lateral es una situación derivada del juego y no desde el inicio del mismo, pues quien suele dar amplitud en casi todo momento es el que juega por delante. Por eso, para Carvajal sería muy diferente el partido que dispute dependiendo de quien elija el francés en caso de que Bale parta desde el banquillo.
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La primera opción podría ser Isco, el más centrocampista de todas las opciones cuyas zonas más naturales se encuentran en el lado opuesto. Esta configuración recomendaría la versión más completa de Carvajal. Por un lado, Isco puede reforzar y ayudar a Modric a encontrar puntos de asociación que traten de recuperar su mejor nivel. Ahí, el ‘2’ se ha mostrado a la altura técnica y táctica, dando muestras de su progresión en la gestión del juego madridista, como apoyo y desahogo. Al mismo tiempo, también es esta elección la que le otorga un papel mucho más crucial en términos de profundidad, siendo el encargado de aparecer al espacio y ofrecer centros al área. Con Isco, Carvajal tendría que estar y llegar.

Busquets vs Zidane

El modesto nivel de Busquets ha sido objeto de debate desde que empezó la temporada. Un futbolista de teórica talla mundial no ha sido capaz solucionar con regularidad ninguno de los problemas que han dificultado el día a día de su equipo, ni con balón ni sin él, si bien supo completar un puñado de noches notables que hicieron descartar la mayor: su bajo rendimiento no se debía a una supuesta falta de forma física. La caída de Busquets no es tal cosa propiamente dicha, pues él sigue siendo el de siempre, sino la consecuencia más negativa de la ya casi total transformación táctica -y estilística- del FC Barcelona.
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En lo vinculado a él, lo más llamativo radica en su nueva (y rara) dinámica de movimientos. Sergio sólo ocupa la base de la jugada durante la fase de salida de balón. En esos primeros pases, sí se implica con Umtiti y Piqué para intentar que el Barça progrese con la posesión controlada, pero en cuanto se supera ese trance, Busquets desaparece de la zona de pivote y se sitúa dos escalones más arriba, a menudo por delante de los dos interiores, con, se intuye, la tarea de presionar arriba de la manera más inmediata posible en el momento de la pérdida de la pelota. Su peso en la gestión del juego es ínfimo, habiendo bajado su número de pases/partido de 86,5 a 52,9 en sólo cinco años (un 40% menos de participación). En relación al curso pasado, el descenso es de 17,1 pases por cada 90 min (25% menos de presencia).

Esto está teniendo un impacto anímico en el de Badía que se traduce en datos tan interesantes como potentes. Valorando los del propio Busquets y los de Mascherano, Gomes y Rakitic cuando han ejercido de pivote en este curso, Sergio es el penúltimo en pases completados y el penúltimo en porcentaje de acierto en los mismos, con Mascherano y André superándole en ambas disciplinas. A su vez, es el que menos rédito obtiene de la nueva posición adelantada del mediocentro en este esquema, pues es el que menos ocasiones crea de los cuatro candidatos quedándose incluso por debajo de un especialista defensivo como es el Jefecito. El argentino crea una ocasión cada dos partidos y Busquets, menos de una cada tres encuentros.
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El haberse visto desplazado del juego afecta a su confianza. No es lo mismo marear a quien tiene que ganarse una importancia que a quien cree, escucha o sabe que ya se la ganó.

En cualquier caso, donde más se resiente el aporte de Busquets es en la transición ataque-defensa. La posesión culé rara vez alcanza una calidad como para que el rival se desordene antes de recuperar el balón, lo cual le permite salir fácil a la contra, superar la altura de Sergio y agujerear al Barcelona por el callejón que queda entre sus dos interiores.

Consciente de que su sistema nunca ha sido perfecto en esta fase y amenazado por la calidad que le presume al contragolpe del Real Madrid, Luis Enrique siempre ha matizado su propuesta cuando se ha enfrentado al equipo de Ronaldo, dirigiéndola más a una posesión defensiva de resultado desigual: cuando los blancos han necesitado la victoria, se han precipitado a la hora de presionar, Busquets y cía lo han bailado y se ha llegado hasta el punto de una victoria azulgrana en el Santiago Bernabéu por 0-4 sin el concurso de Messi.

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